El mensaje en la botella (2)

Estuvo alrededor de once días en el mar, cuando se habían acabado las latas de conserva, que no eran muchas, vivió sin probar bocado alguno durante todo un día, hasta que finalmente terminó alimentándose de pescado crudo y bebiendo agua de lluvia mientras las corrientes arrastraban el bote a su antojo.

Al amanecer, como siempre pasaba, Alina tenía en su pensamiento al protagonista de su historia, cada vez que escribía se introducía tanto en el personaje que en ocasiones olvidaba sus verdaderos problemas, si su héroe salía victorioso, celebraba entonces con él, cuando estaba triste, entonces lloraba a su lado, si se encontraba en dificultades trataba de aflojarle un poco la historia, era capaz de creer el sufrimiento del personaje creado por ella misma como suyo.

Ya se imaginaba entonces su estado, la habían tenido que llamar un par de veces para almorzar, le resultaba imposible sentarse a la mesa con Abel en tales condiciones. Sus colegas preparaban siempre durante cada comida un improvisado comedor, que consistía en unir unos cuantos cajones de madera uno a continuación del otro con un extenso mantel de cuadros encima. David (casualmente el más gordito del grupo) repartía entonces lo que pudiesen conseguir en siete partes iguales y hacían de ese instante, un momento sagrado donde todos debían detener su trabajo y sentarse juntos como una gran familia.

-Muchacha, deja eso ya y ven, que todos estamos esperando por ti.

-Ya voy David, es que, si supieras…es difícil sentarse a comer alubias con chorizos ahora, mientras ese hombre está allí sin alimento ni agua, que va, ese varón tiene pronto que tocar tierra firme.

Y tras haber dicho esto, todos sonrieron por sus ocurrencias, comentaban que aquella muchachita tenía siempre puesto el dedo en el disparador. Alina se había ganado la simpatía de aquel grupo con su gracia y su bondad, era siempre divertida y eso de cierta forma ayudaba a que aquel colectivo se sintiera un poco mejor.

Eran las cuatro de la tarde y Alina se las había ingeniado para que Abel, después de tanta escasez de alimentos, llegara finalmente a las orillas de una playa de algún lugar del Caribe.

Al abrir los ojos, y darse cuenta de su suerte, Abel dibujó en su seco y agrietado rostro una gran sonrisa llena de plena satisfacción, mientras saltaban lágrimas de sus ojos. Contaba con poca fuerza pero su alegría era tan grande que ni el agotamiento más severo del mundo sería capaz de arrebatarle tal momento. Bajó del bote casi de un brinco y de rodillas, dándole gracias al cielo, besó repetidas veces la fina y blanquísima arena de la hermosa playa. Estuvo durante un buen tiempo tendido en el suelo recobrándose un poco del temblor de sus piernas, poco a poco miraba a su alrededor buscando señas de algún otro superviviente pero sin logro alguno. Su embarcación, al parecer, había sido la única que habría podido salvarse del naufragio, o quizás, el bote con los demás navegantes había varado lejos de allí, en algún sitio al que su nublosa vista en aquel momento no lograba divisar.

Ahora era el continuo ruido de las gotas de lluvia quien la interrumpía con su furioso golpeteo sobre el viejo techo de madera junto con la tediosa melodía de las goteras sobre cazuelas y latas por toda la estancia. Había comenzado a llover con intensidad, Alina suspiró mientras pensaba. – “Al menos mi amigo puede ya descansar sobre la fina arena de la playa o bajo alguna palmera durante un buen rato.” – Se alzó un poco los espejuelos con ayuda de su dedo índice, poniéndose de pie y dio un corto recorrido para estirar sus piernas. Estaba segura de que mientras duraran las lluvias estarían a salvo en aquel lugar.

David aprovechó el aguacero a toda prisa para ir en busca de algunos encargos para la comida acompañado por Rosario y Ramírez, ella junto con el resto se quedarían cubriendo los libros y demás materiales de la insistente lluvia.

-¡Recójanlo todo!- gritaba desesperado David una hora más tarde corriendo a toda velocidad en dirección a la casa, mientras aquella barriga se tambaleaba de un lado a otro.

-¿Qué pasó? – Pregunto Rafael – ¿dónde están Ramírez y Rosario?

-Un oficial los reconoció cuando entraron en el mercado y los detuvo. Rosario se volvió una fiera cuando el hombre esposó a Ramírez, luego vinieron dos más y les cayeron arriba. Eso se puso feo, yo los estaba esperando en la esquina con unos bidones de agua y tuve que soltarlos para venir corriendo a avisarles, hay que moverse rápido de aquí.

-¿Y ahora? ¡No podemos dejarlos allí!

-Hay que mudarse Alina, luego veremos qué podemos hacer para liberarlos.

-Rafa, trae la Furgoneta y dile a Gonzalo y a Amaya que comiencen a desmontarlo todo que en cualquier momento los tendremos buscando por los alrededores.

-¿Crees que hablen?

-¡Coño compadre, parecería que no los conoces! Antes muertos. Alina, tú y yo vamos a ir montando las cajas y esperemos que todo salga bien.

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