Bajo el vuelo de las gaviotas (4 y final)

Un golpe repentino hizo a Daniel despertarse, el muchacho, dudo por un momento pensando que había sido producto de su imaginación, hasta que nuevamente se sintió otro que despertó también a Ramón y Esteban.
– ¿Sintieron lo mismo que yo? – preguntó Daniel atemorizado – parece que chocamos contra algo.
– O algo choco contra nosotros- respondió Ramón mientras echaba una rápida mirada a los alrededores – ojalá no sea lo que me temo.
Una espuma blanca empezó a agitar el  mar y una aleta dorsal se dejaba ver a un costado de la embarcación trazando una línea en el agua.
– ¡Míralo ahí! – exclamó Esteban señalando aquel mismo sitio.
– ¡Tiburón! – grito entonces Daniel y sus ojos se le querían salir del rostro.
Era un enorme tiburón que ahora nadaba con mucha calma alrededor de la balsa. Debía medir alrededor de cuatro metros y para Daniel parecía de seis, aunque realmente tenía casi el mismo largo de la embarcación. Asustado, el muchacho agarró entonces un remo y comenzó a dar golpes en el agua con la intención de asustar al gran pez. El monstruo marino ahora enfurecido arremetió rápidamente contra la balsa y empezó a morder el remo, sus potentes dientes se escucharon crujir mientras el animal atacaba con sus fuertes mandíbulas, todos gritaron aterrados pero ni esa bulliciosa cercanía asustaba al tiburón desafiante. El viejo pedazo de madera se hizo trisas y cayó al mar perforando uno más de los neumáticos. El agresivo escualo se sumergió bajo la balsa y esta vez con un fortísimo y violento movimiento la volteó y comenzó a arrastrarla dejando a sus pasajeros a la deriva.
Atónitos, Ramón y Esteban comenzaron a nadar desesperadamente en su búsqueda, mientras el más joven lograba mantenerse a flote con dificultad y buscaba inútilmente al poderoso escualo, quien al parecer había desaparecido. La balsa había ido a parar a pocos metros de distancia y pudieron alcanzarla sin problemas, todos pensaron que el tiburón regresaría para atacarlos y se mantuvieron encima a pesar de estar al revés. Daniel consiguió llegar a la balsa más tarde con la ayuda de Esteban y no paro de temblar hasta dos horas más tarde, estaba muerto de miedo, de un miedo que de seguro no se le quitaría jamás mientras estuviese en el mar.
Todo sucedió muy rápido, en fracciones de segundos fueron desposeídos de lo poco que les quedaba, estaban nerviosos y ahora con la balsa totalmente de revés.
Después de dos horas de estar tendidos y atentos a cualquier movimiento Esteban propuso volver la balsa a su posición, no tenían la menor idea de cómo hacerlo pero sin dudas habría que intentarlo, de la manera que se encontraban el agua les cubría las nalgas si se sentaban y así no podría ni siquiera dormir. Pero eso implicaba echarse al mar los tres y esa idea no les gustaba a ninguno, mucho menos a Daniel quien aún examinaba el agua de un lado al otro como quien busca un demonio.
– Al final vamos a tener que hacerlo.
– Vamos a esperar aunque sea otro rato Esteban, a ese muchacho no hay quien lo despegue de la goma esa, yo mismo no quisiera ni moverme de aquí arriba.
– Pero la noche no va a esperar por nosotros mi hermano y esta no va a ser tarea fácil, además, te fijaste que si la mochila se quedó amarrada, ahora mismo está bajo el agua. ¿Todavía tienes el cuchillo?
– Si, toma – Ramón extendió la mano alcanzándole la herramienta a Esteban.
– Entonces me voy a tirar para ver si aún está ahí y de paso ver que más quedó.
– Ten cuidado compadre – dijo Ramón mientras le agarraba el brazo.
Esteban sin pensarlo dos veces se lanzó al mar y ya en pocos instantes asomaba su cabeza nuevamente con una negativa.
– Nada, esta vez lo sí hemos perdido todo.
Ramón alzo sus manos hacia Dios, y se quedó mirando por unos instantes al cielo.
Pasaron horas intentando regresar la balsa a su anterior posición sin resultado alguno hasta que uno a uno fueron dándose por vencidos, sus fuerzas ya no los acompañaban, no les quedaba más remedio que aferrase a aquella dura realidad, habría que rendirse ante ese mar devorador de mil hombres.
En aquel instante habrían querido que apareciese nuevamente el tiburón y de un golpe le devolviera la postura de la nave o que los devorara de un zarpazo a cada uno para ya no sufrir más. Si hubiesen podido echar atrás el tiempo de seguro no saldrían nuevamente.

 

El sol ardiente y el calor sofocante se hacían sentir sobrenatural, la sed y el hambre habían empezado a provocar alucinaciones después de un par de días a la deriva, en más de una ocasión avistaron embarcaciones fantasmas, tierra firme, destellos de luces en el horizonte y hasta alimentos que flotaban a pocos metros.
Ardían sus labios agrietándose por la sal, habían intentado ingerir agua de mar más de una vez provocándoles abundantes vómitos y dejándolos aún en peores condiciones. Envueltos en un silencio total al compás de las olas se les escuchaba a alguno de vez en cuando rezar en un bajo murmullo, ante una resignación de lo que parecía inevitable.
Al cabo de varios días, sus organismos comenzaron a marchitarse poco a poco, la frágil piel se deshacía a la intemperie entre las lágrimas saladas del mar, los labios quedaron cuarteados como la tierra en temporada de la más cruda sequía, parecían negras caricaturas de sí mismos. El océano había jugado con ellos lentamente a su antojo y así de a poco fueron saliéndose de la balsa uno tras otro como árbol que pierde sus hojas en el más cruel otoño. Bajo el vuelo de las gaviotas, a solos pocos metros de su tan ansiada tierra firme.

 

“Esta historia va dedicada a tantos balseros que, como Mario, Ramón, Esteban y Daniel quedaron a orillas de cumplir un sueño.”

 

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