Bajo el vuelo de las gaviotas (2)

El fuerte sol y un oleaje agitado anunciaron la nueva mañana, esta vez era Ramón quien había estado en pie. Había tenido que amarrar a Daniel porque el muchacho daba muchas vueltas y no lograba quedarse dormido, con el miedo a poder caer al agua.
– Empezó a soplar un poco más fuerte y desplegué la vela, vamos a ver si hoy la aprovechamos un poco más, ¿cómo dormiste? –Preguntó a Esteban –
– Bueno, algo, es imposible dormirse del todo con este vaivén, ¿sabes cómo la paso el muchacho?
– Pregúntale tú mismo, hace una hora que está con los ojos entreabiertos.
– ¿Dime muchachón, pudiste dormir algo?
Daniel hizo una mueca y giraba la mano indicándole que más o menos, tenía los labios medio cuarteados y unas ojeras tremendas.
– Te aconsejo que te quedes con la soga atada a la cintura y el otro extremo lo amarres al mástil, nosotros vamos a tener que hacer lo mismo en algún momento. Al parecer este día no va a ser fácil. – dijo Ramón mientras señalaba a un punto en el horizonte haciendo un gesto de preocupación.

El cielo se observaba negruzco hacia esa zona y se veían relámpagos a lo lejos. Al parecer este día no iba a estar tan en calma como habían visto en las noticias.
– Vamos a comer temprano antes que esto se ponga feo. – propuso Daniel- aunque yo no tengo mucha hambre.
– Yo no sé ni que es mejor – respondió Mario.
Esteban acercó el improvisado envase con el agua y vertió gran parte del contenido en la nevera plástica después de enjuagarla, la que habían reforzado bastante para que no hubiese ningún percance, recogieron la gruesa vela, amarraron los bultos, los remos de repuesto junto con la cámara, se amarraron como había recomendado Ramón, comenzaron a remar trabajosamente en contra de la brisa con rumbo a la tempestad, no les quedaba de otra, por mucho que quisieran retroceder no podrían librarse de ella.
Las olas y el viento se hacían cada vez más fuertes, hubo un instante en que todos decidieron recoger los remos y sujetarse los unos a los otros para esperar a que todo pasase. A aquel monstruo no se le podrían enfrentar y mucho menos con aquella balsita de mierda, pensaba Ramón. Con algo así no habían contado.
La marea se alzaba y aceleraba más cada momento, Inmensas olas de dos y hasta tres metros comenzaron a saltar la pequeña nave que se sacudía de un lado para el otro como si fuese un trozo de papel, en instantes parecía que se hundía en las profundidades y otros saltaba como si fuese a salir volando, los tripulantes chocaban unos contra otros muertos de miedo sin dejar de aguantarse, La ruda tempestad demostraba la rebelión de la naturaleza hacia su fiel domador. El mar los desviaba a su antojo y el potente mástil que ahora parecía hecho de palillos de dientes desprendió de su base cayéndoles encima a Ramón y Mario quienes recibieron un fuerte golpe dejando al segundo inconsciente. Todos empezaron a gritar de miedo agarrándose de lo que podían mientras era azotados sin piedad, no hubo momento en que alguno pensara que habría salvación después de todo aquello. El pedazo tubo galvanizado en un momento cayó al agua en medio de un torbellino arrastrando consigo a Mario quien aún quedaba sin conciencia alguna. Esteban y Daniel que eran los más cercanos se le lanzaron a los pies mientras se agarraban a duras penas, a Daniel se le iba resbalando aunque utilizaba todas sus fuerzas y no dejaba de sostenerlo, entre el ruido de la fuerte lluvia y la marejada se escuchaban los gritos de los navegantes desesperados llamando a Mario, cuando de pronto la balsa se sacudió una vez más y el cuerpo inevitablemente cayó al mar sin Mario dar señales de esfuerzo alguno. Esteban intento lanzarse tras él pero se golpeó contra el suelo cuando pretendía ponerse de pie, ya las fuertes corrientes los habían alejado demasiado. Los alaridos y la desilusión los hicieron sus víctimas una vez más. Los tres amigos veían como era arrastrado aquel cuerpo con miradas descorazonadas, habían perdido un pilar y la tormenta aún hacia alarde de indomabilidad.
El día y su deprimente luz se hicieron sombra en la noche en muy pocos instantes que para ellos había parecido una eternidad, hasta que apenas sin siquiera alguno darse cuenta, el mar fue devolviéndose en una tremenda calma.
Pasaron horas para que fueran despegándose los unos de otros, las lágrimas, el sudor, la lluvia y el agua de sal se fundían en una orgia ante sus ojos, estaban tristes y adoloridos por lo sucedido, pero en el fondo de sus angustias daban las gracias por estar vivos, aún en aquellas inseguras condiciones.
El cielo y el mar vestían de luto, presumiendo este último, una reluciente espuma. Aquella noche no brillaron las estrellas

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